Espiritualidad

La Providencia de Dios
Autor: P. Angel Peña O.A.R.
PROVIDENCIA Y LIBERTAD

Dios nos ama y guía nuestros pasos con amor de padre. El problema es que nosotros, con frecuencia, no nos queremos dejar guiar por Él y queremos ser libres a nuestra manera. Y, entonces, surgen las dificultades, pues nos fabricamos nuestra propia felicidad, lejos de Dios. La libertad humana, mal usada, es el gran obstáculo para que toda la creación pueda ir con seguridad y suavidad hacia Dios. Ya decía Georges Bernanos: El gran escándalo de la creación no es el sufrimiento, sino la libertad. El hombre puede decir: que se haga la voluntad de Dios o que no se haga. La libertad puede dar origen al infierno o al paraíso en nosotros.
Ahora bien, también ocurre que nosotros somos llevados frecuentemente por caminos que no hemos buscado y que no queríamos. Dios, a veces, permite que nos sucedan cosas totalmente incomprensibles o muy dolorosas. ¿Podemos pensar que es Dios el que las quiere para nosotros? Digamos que muchas cosas nos suceden sin que Dios las quiera, pero las permite para nuestro bien (Rom 8,28). Dios no quiere que alguien muera en la guerra, porque no ha querido la guerra. Dios no quiere que un delincuente mate, pero Dios lo ha permitido. Dios no quiere que alguien tenga un accidente por imprudencia, pero Dios ha respetado la libertad de quien ha manejado a alta velocidad y se ha estrellado y ha matado consigo a sus compañeros de viaje… Y así podríamos seguir hablando de muchas otras cosas dolorosas que nos pueden suceder.
Nosotros queremos tener salud, trabajo, dinero y todas las comodidades necesarias para vivir bien. Y Dios, a veces, sin culpa de nadie, rompe nuestros esquemas y permite enfermedades o cataclismos naturales o accidentes de los que nadie es culpable. ¿Echaremos la culpa a Dios? ¿No podemos ver en esos casos también la mano amorosa de Dios, aunque nos duela? Si muere un ser querido o quedamos enfermos o inutilizados de por vida… ¿Tendrá Dios la culpa? ¿Será un Dios cruel que no tiene compasión de nosotros? He ahí un problema que muchos se plantean y que, cuando su fe no es fuerte, puede llevarlos al suicidio o a la desesperación o al rechazo de Dios; pero, cuando se aceptan humildemente los planes de Dios, entonces, podemos ver que, a pesar de todos los infortunios y desgracias, Dios lleva la barca de nuestra vida hacia Él y hacia nuestra felicidad.
PROVIDENCIA Y ORACIÓN

Dice Jesús a la gran mística francesa Gabriela Bossis en su Diario Él y yo, Nº 845: ¿No se te ha ocurrido alguna vez pensar que tal o cual gracia, que has recibido, te ha sido concedida a causa de una plegaria que alguien hizo por ti? ¿O debido a ésta o aquella bendición de un sacerdote? ¿O por los méritos que hubo en la vida de tus padres? ¿O simplemente por la divina misericordia? ¿O de la bondad de mi Madre? .
Santa Teresita del Niño Jesús dice también: ¡Cuántas veces he pensado que muchas de las gracias extraordinarias con las que Dios me ha colmado, se las debo a algún alma humilde a la que sólo conoceré en el cielo! ¿Qué quiere decir esto? Que Dios nos da muchas gracias y bendiciones, si se las pedimos y no nos las dará, si no se las pedimos. Por eso mismo, es una gracia muy grande de Dios poner en nosotros el deseo de pedir algo que nos conviene.
Dice la misma santa Teresita: Dios nunca me ha hecho desear algo que luego no me lo haya concedido (MA folio 71). No ha querido que tuviese ni un solo deseo sin verlo realizado; no sólo mis deseos de perfección, sino aun aquéllos cuya vanidad yo comprendía sin haberla experimentado (MA fol 81).
Y es que Dios, como Padre amoroso, siente mucha más necesidad de regalarnos sus dones que nosotros de recibirlos. Pero no quiere darnos muchas cosas en contra de nuestra voluntad. Por eso, pone su deseo en nosotros, como para pedirnos permiso.
Dice santa Teresita que la oración es como una reina que tiene siempre libre entrada en el palacio del Rey, pudiendo obtener todo lo que pide. ¿Nos damos cuenta ahora de cuántas bendiciones se pierden los que no piden ni oran? Por supuesto que la mejor oración es la misa, pues es la misa de Jesús en la que se ofrece al Padre por la salvación del mundo. Si nos ofrecemos con Jesús en cada eucaristía, todo será más fácil; pues, al estar unidos a Jesús, el Padre nos verá como Jesús. De ahí que, para que la oración sea más eficaz, deberíamos vivir la eucaristía en todo momento, es decir, hacer de nuestra vida una misa continua, o sea, estar unidos a Jesús en cada momento, de modo que Él y yo seamos uno, mi voluntad sea la suya, y todo lo mío sea suyo. Vivir con Jesús, en Jesús, por Jesús y para Jesús como María.
La oración puede hacer milagros y maravillas. Pero, cuando falta la oración, todo puede ocurrir.
Muchas familias viven tragedias, separaciones y desgracias, porque no oran. La oración es como poner un dique ante el ataque del maligno. Dios nos ha hecho libres, pero quiere que nosotros le pidamos, humildemente y con perseverancia, las gracias que necesitamos para ser felices. Por eso, se ha dicho con insistencia: La familia que reza unida permanece unida. Orar en familia es traer sobre ella la bendición y la paz de Dios.
¿Imaginamos cuántas bendiciones podemos recibir, si las pedimos? ¿Pensamos en todo lo que podemos obtener para nuestros amigos, familiares y conocidos a través de nuestra oración? Yo me imagino que la oración es como la lluvia y sólo los campos que la reciben pueden producir buenos frutos. Pidamos sin descanso, porque los almacenes de Dios nunca se agotan y están llenos de bendiciones. Y, si nosotros siendo malos, damos cosas buenas a nuestros hijos ¡cuánto más el Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan! (Mt 7,11). Velad y orad para no caer en la tentación (Mt 26,41).
Necesitamos orar para tener fuerza y poder cumplir la voluntad de Dios. A veces, Dios rompe nuestros esquemas y planes humanos y nos lleva por caminos difíciles y desconocidos. Y es muy doloroso seguirle y aceptar su voluntad. Pensemos en lo que pasó al mismo Jesús. Cuando estaba en el huerto de Getsemaní, el diablo lo tentaba para que no aceptara la pasión y muerte en cruz. Estaba en una agonía interior tremenda, era una lucha a muerte con la tentación, sudaba sangre, pero insistía en la oración, aunque parecía que el cielo estaba cerrado a sus súplicas. Quería cumplir la voluntad del Padre, pero su naturaleza humana se rebelaba hasta que llegó un momento en que se rindió y aceptó la voluntad del Padre. Así pudo cumplir su misión y conseguir la salvación para todo el género humano. ¿Qué hubiera pasado, si hubiera dicho NO al Padre por miedo a sufrir?
Pensemos ahora en el huerto (jardín) del paraíso terrenal; allí Adán y Eva dijeron NO a Dios, porque querían ser como dioses, querían hacer su voluntad y creían que Dios les impedía ser felices a su manera. Y ¿qué paso? Se dieron cuenta de haber sido engañados por el diablo y, como consecuencia, vinieron todas las desgracias y todos los sufrimientos de todos los hombres de todos los tiempos por su pecado.
A veces, en la vida pueden ocurrir momentos de agonía, en los que no vemos a Dios, en los que nuestra oración parece que no es oída o que Dios ya no nos ama. Tenemos un cáncer y nos desesperamos, al pensar en una muerte inminente. Sufrimos y luchamos, oramos y no sucede nada. En esos momentos difíciles, parece que el diablo nos invita a rechazar el dolor y la muerte. Pero, si nos decidimos a aceptar la voluntad de Dios y le decimos de corazón como Jesús: Padre, aparta de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya, entonces, una nueva luz brillará en nuestra vida. Al aceptar esa enfermedad y la muerte como Dios quiere y cuando Dios quiera, podremos tener paz y, sobre todo, nuestros sufrimientos serán beneficiosos para la humanidad. Porque asumidos, en Cristo y con Cristo, serán de un valor inmenso para la salvación del mundo y nosotros seremos así bienhechores de la humanidad en una forma que jamás hubiéramos podido imaginar.
Pensemos que Dios nos ama infinitamente y quiere lo mejor para nosotros, dejémonos llevar por Él, aunque no entendamos nada. Él sabe el camino. Él tiene para cada uno un camino particular, aunque no nos guste. Él ve las cosas desde una perspectiva de eternidad. No desconfiemos de sus planes y aceptemos su voluntad para poder cantar eternamente sus alabanzas en el cielo.
Recordemos que con la oración podemos cambiar el mundo. Con la oración podemos cambiar la dirección de nuestra vida. Con la oración podemos hacer mucho bien a la humanidad. Seamos hombres de oración y oremos siempre por la paz y el amor entre los hombres.

Pastoral Colegio la Providencia Concepción
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