Congregación
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El día de la partida de las Hermanas misioneras, la Superiora reunió a todas las Hermanas en la sala de la comunidad y rezaron en común el Stabat Mater. Después, las Hermanas misioneras, dijeron cada una á su turno y en alta voz: “Debiendo partir luego para la misión a la que he sido llamada por la divina Providencia, prometo con toda mi alma y en presencia de Nuestra Señora de Dolores, de todos los Ángeles y santos Patronos de esta Casa, que amaré siempre esta comunidad como mi madre, y que en todo lugar observaré fielmente sus santas reglas, mediante la gracia de Dios y el socorro de las fervorosas oraciones de todas mis queridas Hermanas… ALGUNOS CONSEJOS AL PARTIR
Durante el viaje, las Hermanas practicarán todo lo que puedan de sus ejercicios espirituales y de sus santas reglas. No perderán ninguna ocasión de ejercer la caridad, cumpliendo con las obras de misericordia, tanto en lo temporal como en lo espiritual. VIAJE HASTA EL OREGON. Llegamos a la desembocadura del río San Juan. En este río esperaban a los pasajeros unos cuantos vapores pequeños, que remontaron el río hasta las cercanías del lago Nicaragua. Estos transportes eran en extremo incómodos. Nadie podía estar de pie, ni había lugar para tenderse sobre el piso de la embarcación. Comida, no había. Agua, dijeron que no era saludable, y no se probó hasta que la sed nos desesperó. Con frecuencia había que desembarcar para que, aligerado el trasporte, pudiera remontar ciertas corrientes más rápidas. A poco andar, encontramos pasos tan difíciles, que parecía imposible salir de ellos. Ya eran unas sendas tan sumamente estrechas y al borde de precipicios de una profundidad incalculable, que, si la mula hubiera errado un tantito al poner el pie, no habría quedado esperanza de vida; ya eran unos pantanos, donde la mula quedaba enterrada sin poder salir. Nosotras tuvimos que abandonar una de las nuestras por no poderla sacar, y vimos otras así abandonadas, como perdidas y casi con sólo la cabeza fuera del barro. Varias veces caímos nosotras de nuestras sillas. Para colmo de sufrimiento, nos cogió la noche en la espesura de un bosque, donde no se veía camino ni se podía saber á dónde nos llevaba la mula ni por dónde iban los demás. De vez en cuando, con voz afligida, nos llamábamos unas á otras. En esta oscuridad, dos de nosotras cayeron de sus mulas, y, encendiendo fósforos, pudieron dar con ellas los hombres que nos acompañaban. Apenas aclaró la luz del día siguiente, nos pusimos en movimiento para continuar nuestro camino, poco más o menos en las mismas condiciones que la víspera En Pineda nos aguardaba una prueba. El Señor Huberdault había ido á revisar el equipaje, y encontró que faltaban dos maletas. Los encargados nos decían que era probable que las mulas que las cargaban se hubieran extraviado o perecido. Las dos maletas perdidas eran las que contenían nuestras santas reglas, nuestros santos hábitos y otras cosas de importancia. ¿Qué hacer? Quiso Dios que uno de los empleados de la Compañía de vapores, se comprometiera á hacer buscar las maletas y remitirlas á San Francisco de California, En San Francisco había un convento de monjas de la Caridad quienes se prestaron con toda buena voluntad para recibirnos. Sólo hacía un mes o mes y medio que las Hermanas habían llegado á San Francisco; todo lo que tenían lo compartieron con nosotras con espíritu de verdadera caridad. Ellas y nosotras dormíamos en el suelo con el bolsón de ropa debajo de la cabeza y cubiertas con el chal o cualquier otra cosa… DOS MESES EN OREGON. Había en Oregon‑City unas religiosas de Notre Dame. En cuanto supieron nuestra llegada, nos fueron á visitar y nos ofrecieron su casa… CINCUENTA DIAS EN CALIFORNIA Las Hermanas de la Caridad eran buenísimas con nosotras; nos compadecían y nos trataban con amor de hermanas; pero eran tan pobres, que carecían de lo necesario. Viéndonos sin recurso, sin hogar, desvalidas y en un país extranjero, volvimos muy sinceramente nuestros ojos y nuestro angustiado corazón á Dios Nuestro Señor;… había llegado para nosotras la hora de padecer, y no nos era dado comprender lo que la divina Providencia quería de nosotras ni lo que convenía hacer. Unos días después que el Obispo de California;… como afligido por las dificultades que ofrecía un nuevo establecimiento de monjas, propuso nos afiliáramos á las Hermanas de la Caridad. A pesar de que nuestra Madre le contestó sin vacilación alguna que no podíamos acceder…., siendo que por la profesión religiosa nos habíamos ligado con la comunidad que nos había hecho la gracia de admitirnos… Nuestra Madre Larocque le dijo con mucha firmeza que, no tuviese á mal le dijese francamente que por cosa alguna de este mundo nos desligaríamos de nuestro Instituto, porque así nos lo dictaban el corazón y la conciencia. Los Superiores tomaron la resolución de volver al Canadá, resolución que fue saludada con mucha alegría. En este intervalo recobramos las dos maletas extraviadas, en las cuales iban nuestras santas reglas y hábitos. Pocas cosas habíamos traído del Canadá, … pero mucho menos necesitábamos para volver. Reservándonos nuestro traje religioso y unas pocas mudas de ropa interior, lo demás, como libros, objetos para el culto divino, útiles para trabajo, ropa y muchas cosas queridas, todo lo dimos á las Hermanas de la Caridad. Realizado este completo despojo, nos sentamos las cinco á examinar si nos quedaba algo todavía de que desprendernos. Entonces una dijo sencillamente: “No sería raro que Nuestro Señor hubiese estado esperando hasta que no tuviéramos absolutamente nada, para servirse de nosotras para algún designio suyo, que nosotras ignoramos. Dios nada hace ni permite sin algún fin especial de su divina Providencia. Parece imposible que Nuestro Señor haya permitido este viaje sin algún objeto. – Le rogamos al Señor Huberdault que, aunque fuera con peligro de nuestra vida, consintiera en que, sin más tardanza, se efectuara nuestro regreso; pero él se mantuvo firme, alegando que el Ilustrísimo. Señor Obispo de Monreal, la comunidad y nuestras familias le pedirían cuenta de nuestras vidas. LA PROPUESTA DE UN VIAJE TAN LARGO Y LLEGADA A VALPARAÍSO … La propuesta de un viaje tan largo en buque de vela, nos sobresaltó y afligió bastante; pero el Señor Rock nos animó, diciéndonos que Chile era un país muy bueno, Quedamos con esto en un verdadero conflicto, y por el momento no nos atrevimos á resolver. Oramos y consideramos nuestra angustiosa situación y nos pareció que era la voluntad de Dios que aceptáramos, puesto que éste era el único camino que se abría á nuestros pasos. El día de Pascua, 27 de Marzo de 1853, muy de mañana, oímos la santa misa y recibimos la sagrada comunión con la humildad y fervor posible, abandonándonos enteramente á la divina Providencia. Salimos cada una con su bolsón en la mano … Cuando vimos la embarcación tan pequeñita, se nos oprimió el alma, porque nos pareció que era lo mismo que lanzarse al océano sobre una tabla; más no era tiempo de raciocinar sino de marchar. Ofrecido á Dios el sacrificio, saltamos del muelle á bordo, disimulando nuestra pena. En la mar, la tempestad mayor, es la calma. Así lo experimentamos nosotras. Teniendo esperanza de hacer el viaje en treinta y cinco días, demoramos ochenta y tres, contando los dos que estuvimos á bordo antes que saliera la nave, Grande alegría fue para nosotras volver á ver la tierra con sus habitantes. Saludamos al santo Ángel Custodio de Valparaíso con indecible cariño y ofrecimos los afectos de nuestro corazón a todos los chilenos, pidiendo á Nuestro Señor por la paz, prosperidad y felicidad de la tierra que El nos mostraba. Sin embargo, esta tierra saludada con tanto amor, era para nosotras una tierra extraña, donde veníamos á pedir de limosna la hospitalidad y el pan de cada día; una tierra donde no podíamos esperar otras simpatías que las de la caridad. …No podíamos desconocer que la divina Providencia nos había traído a Chile por algún fin particular, quizás ignorado aún de nosotras, pero que debíamos acatar y respetar; que nuestros deseos habían sido siempre de servir a Dios y a los pobres conforme a nuestro Instituto… desde entonces besamos el suelo chileno con el afecto con que se besa el suelo de la Patria. A imitación del infinito Bienhechor de la infancia y de todas las edades, la Congregación de la Providencia… ha hecho de la misericordia un deber de estricta justicia… 17 DE JUNIO DE 1853 Las primeras 5 Hermanas llegaron a Valparaíso el 17 de Junio de 1853. Su llegada fue absolutamente providencial, pues ellas iban de regreso a su país y pretendían dar la vuelta al Cabo de Hornos para retornar hacia Canadá el Atlántico. Pero el viaje era demasiado largo y ameritaba una parada en un puerto en donde pudieran ser acogidas por alguna comunidad religiosa y recuperar fuerzas para seguir. Es así que a sugerencias del Presbítero Francisco Rock, las Hermanas accedieron a llegar a Valparaíso y pedir acogida a las Hermanas de los sagrados Corazones. Las autoridades de la época, al ver que una nueva Congregación había llegado, les proponen hacerse cargo de los huérfanos y niños abandonados. Esta proposición es un dilema muy grande para las Hermanas, pues su intención siempre fue retornar a Canadá, pero acceden pensando que será una situación temporal que las mantendrá ejerciendo una labor apostólica mientras reúnen el dinero para continuar. Es así que viajan a Santiago y se hacen cargo de la primera Casa de la Providencia. Madre Bernarda Morin, en la Historia de la llegada cuenta: El establecimiento de las Hermanas de la Providencia en Chile no era obra de la previsión humana; que en Chile nadie nos conocía y que por lo mismo nadie había pensado en llamarnos; que nosotras tampoco habíamos pensado en venir á Chile… … Son tales, amadas Hermanas, los acontecimientos providenciales que os han traído a nosotros, que, si no tuvierais el nombre de Hermanas de la Providencia, serían más que suficientes para que en adelante os llamaseis Hermanas de la Providencia. Confiad pues en su poderosa protección. ¡Alabada, bendita, ensalzada sea la divina Providencia que hoy une los dos polos de América con lazos de verdadera caridad!”… (Historia de la Congregación en Chile) Grande fue nuestra alegría ¡Qué grande, qué hermosa, qué soberana, majestuosa y venerable es la religión católica. Por el lazo de la caridad y de la civilización cristiana une a todas las naciones y pueblos del mundo. Cada pueblo y cada nación tienen una fisonomía y carácter propio, ciertos usos y prácticas que distinguen a unos de otros; su idioma, traje, etc; pero ir al Norte o al Sur, al Oriente o al Poniente, y siempre encontraremos que la religión católica es una misma. Una misma su fe, sus preceptos, su doctrina, sus enseñanzas; unas mismas las virtudes que prescribe o aconseja. (Historia de la Congregación)
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Pastoral Colegio la Providencia Concepción
Lautaro 487 - CONCEPCION- FONO 22238312

















